miércoles, 22 de febrero de 2012

GRACIÁN QUIJANO
(FRANCISCA CRISTINA SÁENZ DE TEJADA Y ORTI)
(1896 – 1974)



 Escritora

Sí, es cierto, no abundan en este blog los nombres de las féminas. Pero ya sabemos que las mujeres siempre han estado arrinconadas a lo largo de la historia, en un segundo plano, consideradas como el “reposo del guerrero”, y se ha repetido hasta la saciedad aquello de que detrás de “todo gran hombre hay una gran mujer”, pero poco más. Han sido, pues, muy pocas las que han logrado alcanzar peldaños en la consideración social y la fama. De todo esto sabía muy bien nuestra biografiada, mujer de gran temple, que hubo de luchar contra los imperativos de su tiempo y forjarse un nombre nada más y nada menos que como autora literaria. Quizás por ello la conocemos más por su seudónimo (de ecos indudablemente masculinos) que por su nombre de pila. Y quizás también por ello mismo ha tardado bastante el ayuntamiento de su ciudad natal en hacerle el reconocimiento que merecía declarándola hija predilecta con carácter póstumo.

Nació Francisca Cristina Sáenz de Tejada y Orti un veintiocho de julio de 1896 en la calle Jaén de Andújar. De su infancia nos queda el testimonio personal plasmado en la obra La segunda de mis siete vidas (1959), donde refleja además el panorama de aquella ciudad moruna que aún conservaba parte de su pasado artístico y costumbrista. En 1926 ya encontramos poemas firmados con su seudónimo. Su biógrafo, Enrique Toral y Peñaranda, destaca la escasa incidencia que tendría en la Andújar de entonces que una señorita perteneciente a una de las familias más acomodadas del pueblo se dedicara a escribir poemas, por más que estuviera emparentada con Alcalá Venceslada y hubiese contado con el asesoramiento del escritor andujareño Rafael de Valenzuela. Al menos sí contaba con el apoyo de su madre, doña Mercedes Orti, y, en parte, de su padre, don José Sáenz de Tejada. 
 
 
(Tomado de la web de la asociación española de pintores y escultores)

 
En aquella época gusta de aislarse en el jardín que tenía la familia junto a la entonces Nacional IV, jardín que algunos hemos conocido como delicioso bar de copas en el tórrido verano andujareño. En sus escritos lo denomina su “Yuste”, aludiendo al ansia de misticismo que mueve su pluma en aquella juventud suya, donde también ansiaba la llegada de un compañero de viaje en su vida que nunca se materializó en alguien de carne y hueso.

Portada de la primera edición (1940)

El apoyo familiar, la evidencia de que Paca Tejada no se daba mucha prisa en buscar pretendiente (al contrario de lo que era normal entonces en la alta sociedad), y el mecenazgo del escritor Federico García-Sánchiz, hicieron posible que publicara su primer libro en “La Puritana” de Andújar en 1934: Mujeres. Un año después ve la luz Meccano (cuentos de humor). También sus escritos aparecen en El Guadalquivir, muchas veces sin firma.

La Guerra Civil la pasa en San Sebastián, donde sigue publicando cuentos y poesías. Comenza a usar entonces el seudónimo de “Padre Pareja”, sobre todo en la colección de relatos Tres en uno.

Portada de la primera edición (1945)

En 1940 la familia se instala en Madrid y allí publica su tercer libro: La piedra en el lago. Ese año muere su padre, al que le dedicaría su siguiente libro, el poemario Ofrenda (1942). Dos años después aparece otra novela, La vida incompleta; y en 1945, Cante jondo, de raíces neopopulares:


Tres horas inolvidables
en la cruz de mis recuerdos,
como tres clavos sangrantes.
Al cruzarse nuestros ojos;
cuando dijiste ¡Te quiero!
Y hoy, que quisiera olvidarte.

A partir de este momento su actividad literaria es imparable. Entra en contacto con un círculo de mujeres afincadas en Madrid muy interesadas por la cultura y publica, entre otros: Mujeres hispánicas (1945), Canciones de Fijitsubo y Poemas del Capitán O-Yuki (1946), El lago de los cisnes negros (1948), Poemas del puro amor (1950)... No olvida su relación con la provincia de Jaén y aparecen artículos suyos en la revista Paisaje.

En 1954, el fallecimiento de su madre sume a nuestra autora en una profunda tristeza a la que hay que añadir algunos apuros económicos. Se repuso de ambas vicisitudes: siguió escribiendo, e incluso se adentró en el modelado de figuras de barro. De ella se decía lo siguiente en plena década de los sesenta: “Dueña de una exhuberante fantasía y de una gran facilidad, cultivó todos los géneros literarios. Gran parte de su obra está caracterizada por el andalucismo racial y temperamental de la autora y en algunos casos aflora en ella una subterránea vena de orientalismo”.

Portada Antología de la escritora (1996)

Fue nombrada consejera del Instituto de Estudios Giennenses y académica correspondiente de la de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Letras de Córdoba.

Gravemente enferma, y tras despedirse de su Andújar, la muerte se dio cita con ella en Madrid un 18 de octubre de 1974.


FUENTES:

GRACIÁN QUIJANO, Cante jondo. San Sebastián, Gráficas Fides, 1945.

TORAL Y PEÑARANDA, Enrique; Gracián Quijano. Antología. Poesía y prosa. Jaén, Diputación provincial de Jaén – Instituto de Estudios Gienenses, 1996. Colección Poesía.

UTRERA ÁLVAREZ, Diego R.; Andújar en el recuerdo... Tomo 2: Andujareños ilustres, mapas y documentos. Andújar, Plaza Vieja, 2011.

VARIOS, Enciclopedia biográfica de la mujer. Barcelona, Garriga, 1967; tomo II.

miércoles, 8 de febrero de 2012

JERÓNIMO DE LA CAL Y PALOMARES
(1813 ? - ? )



Médico, escritor, filósofo y político.

«Médico y filósofo del siglo XIX, probablemente nacido en Andújar». Así comienza Caballero Venzalá a glosar la figura de nuestro biografiado en su Diccionario bio-bibliográfico del Santo Reino. No tenemos, pues, seguridad de que naciera en Andújar y apuntamos 1813 como posible fecha de nacimiento al recoger las actas capitulares que tenía veinticinco años en 1838, e ignoramos la fecha de su defunción. No parece una forma muy ortodoxa de comenzar una biografía. Pero, sin embargo, conocemos otros muchos datos de su vida e incluso de su obra.

Lo más destacado de su actividad profesional fue la fundación y dirección del Colegio de Humanidades «Nuestra Señora de la Cabeza» de Andújar en el actual asilo de San Juan de Dios

Fruto de su interés por la enseñanza es la obra Lecciones elementales de Ideología, Gramática General y Dialéctica arregladas al estado actual de la ciencia lógica y acomodadas para la enseñanza de la juventud, que publicara en Granada en 1839. A pesar del largo y enrevesado título, destaca en la obra un afán por hacer accesibles los estudios humanísticos a los jóvenes, basándose en el Ideologismo de Destutt de Tracy. Cada capítulo, perfectamente estructurado en apartados, se abre con un resumen de todo lo que se va exponer; y se cierra con las correspondientes conclusiones y un repaso pormenorizado. Guía a don Jerónimo en su empeño el dotar a la enseñanza en España de perspectivas diferentes a la eclesiástica, lo que denota un acusado espíritu ilustrado y liberal: «deseando llevar este objeto y ser útil a mis compatriotas, concebí estos elementos para que sirvan de texto en el primer curso de Filosofía, los cuales si no fueren tan buenos como yo deseo por lo menos servirán de estímulo a otros talentos más ilustrados y a otra pluma más ejercitada que la mía». Y más adelante, añade: «Hoy me alienta la idea de ver realizado un progreso en la enseñanza. ¡Ojalá que la experiencia acredite un día que no son vanos mis conatos!». ¿Quién sabe si esta preocupación no calaría hondo en la mente de uno de sus alumnos: el poeta, político y pedagogo andujareño Manuel María Montero Moya? Morales Cuesta afirma que la influencia fue tal que en un carta redactada por Montero en 1911 tiene un recuerdo a su maestro de adolescencia: «Pudiera yo hablarle de [...] mis respetuosas, pero también íntimas relaciones con mi maestro de Psicología, Lógica y Ética, D. Jerónimo de la Cal y Palomares, el sabio médico, el maravilloso ojo clínico, que tanto y tan merecido renombre alcanzó en esta región andaluza, allá por los años del 40 al 70, aunque en estos últimos, achacoso y atrabiliario, se negaba tenazmente a ejercer la profesión». Otro de sus destacados alumnos fue el filósofo marmolejeño Juan Manuel Orti y Lara.

La fundación del Colegio del que venimos hablando se produce en 1838: el uno de octubre de ese año, el Ayuntamiento accede a que el licenciado en Medicina, Jerónimo de la Cal, de veinticinco años de edad, instale en el antiguo convento de San Juan de Dios «un establecimiento de enseñanza de la gramática castellana, latina y francés; matemática; historia natural; botánica; religión y urbanidad», según nos informa Torres Laguna. Pero en las mismas actas capitulares se recogen, un año después, quejas del joven emprendedor, ante la falta de apoyo institucional.


Antiguo hospital de San Juan de Dios


Nuestro personaje también se embarcó en la aventura de la política local, dentro del bando liberal. Ya en 1836 había formado parte de la junta que se hizo cargo del ayuntamiento durante las revueltas carlistas. Y el uno de enero de 1846, tras haber ostentado otros cargos en el consistorio andujareño, es nombrado alcalde de la ciudad. Pero al año siguiente tuvo ciertos problemas al apropiarse de forma indebida del agua de la fuente del río para uso particular. De hecho, se le suspendió del cargo por estos hechos, aunque después fuera repuesto como primera autoridad. Una década después, en 1857, vuelve a ser alcalde de Andújar hasta octubre del 58. 
 
Igualmente tuvo una intervención destacada en el seno de la Cofradía Matriz de la Virgen de la Cabeza. El 4 de febrero de 1845 dirige una carta al gobernador eclesiástico de la diócesis, como apoderado de la corporación mariana para defender el derecho de patronato de la Cofradía sobre el santuario, toda vez que el gobierno de la nación había devuelto el edificio tras la desamortización.

Tuvo que gozar de una posición desahogada ya que el único testimonio gráfico que nos ha llegado y que hemos aprovechado para encabezar este apunte biográfico es una instantánea tomada en su finca de Cerrajeros. Además es uno de los que aprovechan la Desamortización de Mendizábal para adquirir una finca rústica, en este caso por valor de 6.890 reales, según nos informa Luis Pedro Pérez. 
 
Como antes ha quedado expuesto, se ignora el año de fallecimiento, aunque aún vivía en la década de los setenta, si seguimos el testimonio de Montero Moya.

Un hijo de nuestro biografiado, también llamado Jerónimo, fue político, poeta y periodista. Adicto al partido liberal, llegó a ser diputado provincial en 1876 y columnista habitual del diario La Unión, desde su fundación en 1898.



FUENTES:


CABALLERO VENZALÁ, Manuel; Diccionario bio-bibliográfico del Santo Reino. Jaén, IEG, 1986. Tomo II.

CAL Y PALOMARES, Jerónimo de la; Lecciones elementales de Ideología, Gramática General y Dialéctica... Granada, Imprenta y Librería de Sanz, 1839.
 
CURIEL, Fray Arturo; Nuestra Señora de la Cabeza y sus cofradías. Marmolejo, I. Reca, 1995.

MORALES CUESTA, Manuel María; Montero Moya. Vida y obra poética. Jaén, Ayuntamiento, 1995.

PÉREZ GARCÍA, Luis Pedro; Andújar y el largo siglo XIX. Andújar, IES Ntra. Sra. de la Cabeza, 2000.

TORRES LAGUNA, Carlos de; Andújar a través de sus actas capitulares (1600-1850). Jaén, IEG, 1981.



miércoles, 25 de enero de 2012

JUAN ASTILLERO PÉREZ, “COMPARE”
(1886 – 1912?)


Banderillero

Hubo en Andújar tiempos propicios para las tardes de toros; tardes de expectación ante la llegada del maestro que tantos elogios había recogido en otras plazas; de eternas discusiones sobre la mayor o menor pujanza de uno u otro diestro, mientras se saboreaba el vino de la taberna, que era casi como un segundo hogar. En distintas épocas, con diferentes toreros y renovadas aficiones, Andújar siempre ha tenido una atracción especial hacia este arcaico enfrentamiento del hombre y la bestia. Enrique Gómez Martínez ya nos descubrió, hace tiempo, la importancia de los festejos taurinos en el pasado de la ciudad; y nuestros mayores recuerdan aún las historias contadas acerca de los cosos que existieron en la vieja Andújar antes de que se construyera el actual, ya centenario. Abundan aquí y allí los carteles amarillentos, plenos de nombres gloriosos de la tauromaquia nacional, que nos hacen sonreír ante los precios de antaño y las repetitivas fórmulas del estilo “si el tiempo y la autoridad competente no lo impiden”. En las postrimerías del siglo XIX e inicios del XX debió ser especialmente importante la Andújar taurina pues un personaje de la celebrada zarzuela Agua, azucarillos y aguardiente, cita a nuestra ciudad cuando espera que se le pague algo por una faena que tuvo lugar aquí. Y, por supuesto, luego está nuestra sierra, atesorando las reses que algún día serán lidiadas sobre el albero de alguna plaza.

En fin, todos estos prolegómenos nos ayudan para adentrarnos en otro terreno de la Andújar eterna, a través de sus hombres y mujeres. En este caso, un banderillero: Juan Astillero Pérez, alias “Compare”, nacido a orillas del Guadalquivir el 24 de enero de 1886. Su nombre se nos descubre dentro de la inmensa obra iniciada por José María de Cossío, Los toros, y como ocurre con el resto de biografías incluidas, abunda en datos acerca de sus distintas actuaciones. Así sabemos que empieza a torear en la desaparecida plaza madrileña de Tetuán de las Victoria en 1909. En esa misma temporada sufrió tres cornadas, una de ellas de importancia. Dos años después parece haber alcanzado cierta fama, pues actúa en treinta y cinco corridas. El 29 de octubre participa en la lidia de cinco novillos de Murube y uno de Gamero Cívico para Vázquez II, Eusebio Fuentes y “Torquito”. Sigue relatando Cossío que al “Compare” se le aplaudió intensamente un gran par que clavó en el sexto de la tarde, de nombre “Balconero”.

Antiguo coso de Tetuán de las Victorias (desaparecido)
(www.fuenterrebollo.com)


El 5 de mayo de 1912 sufrió una grave cogida en Madrid, en el coso de Tetuán de las Victorias, por parte de un novillo que lo corneó repetidamente. Don José María comenta que su vida corrió peligro y apunta con exactitud el alcance de las tres heridas que recibió: una, de tres centímetros, en la región lateral del cuello; otra, de dos, en la antero lateral; y la última, en la región escapular izquierda. Los novillos eran: cuatro de don Máximo Hernán y dos de la marquesa de Cuéllar para los espadas “Minerito”, “Alfarero” y Vernia.

Cossío concluye su apunte biográfico con este comentario: “Juan Astillero era un banderillero muy valiente y adornado”.

Pero si arriba hemos apuntado 1912 como probable fecha de su fallecimiento es porque, a diferencia de este autor, el crítico taurino José Alameda dejó escrito en su obra Crónica de sangre que “Compare” murió ese día “al ser corneado por un toro de Hernán”. El erudito taurino mexicano Rafael Gómez Lozano “Dientefino” es quien apunta la diferencia entre la versión de uno y otro entendido, aunque es extraño que Cossío, tan atento al detalle minucioso, dejara escapar algo tan básico como que nuestro paisano perdiera su vida en el ruedo o muriese de forma natural. Y al igual que hemos encontrado en alguna que otra página web dedicada al mundo del toro, desde aquí hacemos un llamamiento para que algún aficionado a la tauromaquia o incluso descendiente de este banderillero, nos dé luz acerca del final cierto de Juan Astillero.


FUENTES:

COSSÍO, José María de; Los toros. Madrid, Espasa-Calpe, 1943; tomo III, página 68.

jueves, 12 de enero de 2012

DE MI INTRAHISTORIA


Los seguidores de este blog, a los que agradezco su interés, me han de permitir que dedique unas breves líneas no a un personaje destacado de nuestra historia local, no a un famoso escritor o a un glorioso conquistador de las Américas, sino a un hombre sencillo y bueno: a mi padre, Manuel Barea García. La historia no solo la escriben los grandes nombres, sino que la cotidianeidad (esa intrahistoria tantas veces citada desde que Unamuno acuñara el término) se llena de hombres y mujeres de vida discreta, cuyo conocimiento no llega más allá de sus familiares y convecinos. 
Así era mi padre, nacido en el arrabal de San Bartolomé de Andújar el 1 de marzo de 1935 y fallecido en su barrio de toda la vida el pasado 3 de enero. No hemos de encontrar en su biografía datos destacables, más allá de que pronto perdió a su padre en la fatídica contienda civil y muy joven hubo de enterrar a su madre Dolores. Casi siendo un niño entró a trabajar en el bazar Presa de la calle San Antonio, uno de esos establecimientos añorados por aquellos que miran con nostalgia el pasado de Andújar. Y allí estuvo hasta la década de los ochenta, cuando por imperativo laboral, tuvo que iniciar otra andadura profesional, montando junto con su mujer la mercería "Jesús María" frente al castizo altozano de la Victoria. Una vida, pues, dedicado a atender a los clientes (primero ajenos, después propios) y a tratar de ganarse el pan con honradez. Una vida normal, sin sobresaltos, otorgando amor a su esposa, Carmela, y a su único hijo, un servidor. Pero una vida en la que también encontró acomodo su gran devoción por las cosas de su tierra, en especial la Semana Santa, y sobre todo, su Cristo de la Paciencia. En sus genes estaba la simiente de eso que hoy (permítanme el neologismo) se podría denominar como "capillismo": un antepasado suyo, Francisco Barea Arcediano fue el mecenas de la Hermandad de la Soledad durante un cuarto de siglo; y su propio padre, Manuel Barea Lara, fue el último hermano mayor de la antigua cofradía de la Paciencia, además de ocupar el mismo cargo en la de la Divina Pastora. En la década de los sesenta, ante la crisis que afectó a las cofradías de Pasión y Gloria, mi padre, junto a otras personas de la ciudad, impidieron que se perdiera el culto y la devoción a Jesús de la Paciencia y que la cofradía siguiera funcionando. Él mismo fue hermano mayor en 1971 y 1972, y secretario durante muchos años. Fue una época dura, pues para poder realizar el desfile penitencial (primero, el Miércoles Santo y después el Jueves) se dependía, básicamente, de la venta de lotería nacional: participaciones que él preparaba en su casa, con un listado de socios que había que acrecentar para que las ganancias fueran las suficientes. Aún recuerdo el pulso firme de su escritura estampando en cada participación el nombre del abonado a la lotería. Su hermandad reconoció en su momento sus desvelos haciéndole un emotivo homenaje hace ya unos años, la misma corporación que ha visto con orgullo cómo ha sido enterrado luciendo su túnica nazarena, después de haber sido velado cubriéndose su cuerpo con la bandera de la hermandad.
Lo demás, ya se sabe: momentos felices frente a otros más amargos. Alegrías y tristezas que van tejiendo la vida de cada uno de nosotros. Como he dicho antes: una buena persona, como tantas otras, aunque para mí, lógicamente, era especial. En la próxima entrega seguiré desgranando, de manera divulgativa, los entresijos de aquellos que han dado y dan lustre a Andújar, pero no nos olvidemos nunca de esas existencias anónimas que también crean a su alrededor todo un enjambre de querencias y que, a su manera, son tan importantes como los grandes nombres.
Sit tibi terra levis.

martes, 20 de diciembre de 2011

RAMÓN COBO SAMPEDRO
(Primera mitad del S. XIX – 1911)


Sacerdote, profesor, latinista.

Cerramos el año con la reseña biográfica de un paisano, nacido en fecha aún por determinar y fallecido en Córdoba, ciudad en la que residió gran parte de su vida, el 20 de agosto de 1911. De él sabemos que tuvo dos vocaciones: de un lado, el sacerdocio; de otro, la enseñanza. En 1866 se graduó de bachiller en Filosofía por la Universidad de Granada, y tres años después nos lo encontramos ya como titular de una cátedra de latín, concretamente en el instituto provincial de Badajoz. No obstante, como ya hemos apuntado antes, su labor académica la desarrollaría, ante todo, en la vecina Córdoba, adonde fue destinado en 1874. Y allí permanecería durante toda su vida profesional, en el edificio que hoy alberga el instituto de educación secundaria “Góngora”, en la céntrica plaza de las Tendillas, y cuya fachada podemos apreciar en la foto.


Tendillas de Córdoba, con el instituto al fondo
 (lopezneyra.blogspot.com)


Entre 1880 y 1882 fue director del citado centro, repitiendo en el cargo en 1903, ante el repentino fallecimiento de su antecesor. En esta su segunda etapa al frente del instituto cordobés, se finalizaron unas importantes obras, dentro de los continuos proyectos de ampliación que llevaron a cabo diferentes directores a lo largo de finales del XIX y principios del siglo XX.

El obispo de Córdoba, Fray Ceferino González y Díaz-Tuñón (1875-1883), hombre de grandes dotes intelectuales, se fijó en la persona de Cobo Sampedro y lo incorporó al claustro del Seminario Conciliar de San Pelagio. Allí tuvo destacadas actuaciones. También fue profesor de la Universidad Católica Asimilada de Córdoba; académico de la correspondiente de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes (1897); y de la Real Academia de la Historia. Igualmente en su currículum hay que citar que fue doctor en Derecho por la Universidad de Granada (1873).

Es autor de un Análisis y traducción de las oraciones gramaticales latinas, obra publicada en Córdoba en 1878. También realizó estudios biográficos, como el dedicado a Ambrosio de Morales (humanista, arqueólogo e historiador cordobés del siglo XVI) (1879) y a Pablo de Céspedes (otro hombre del Renacimiento español: poeta, escultor, arquitecto...) (1881). Su pasión por la historia lo llevó también a publicar un estudio acerca del Cronicón de Sebastián, en 1870. 


Portada obra de Ramón Cobo


El periodista y literato cordobés Ricardo de Montis (1871-1941) cita otras de sus publicaciones, como el “Balance literario cordobés de 1911” (publicado en el Diario de Córdoba el 21 de enero de 1912) y las traducciones de los cronicones de Sampiro y del obispo e historiador hispano-romano Idacio. Igualmente es suyo el programa oficial de Latín y Castellano, y la Memoria sobre el estado del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Córdoba (1881).



FUENTES:

CABALLERO VENZALÁ, Manuel; Diccionario biobibliográfico del Santo Reino. Jaén, IEG, 1986. Tomo II.

ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ILUSTRADA. Madrid, Espasa-Calpe. Tomo XIII.



domingo, 11 de diciembre de 2011

FRANCISCO DEL VILLAR Y BAGO
(? - 1639)



Escritor franciscano.

El personaje que traemos hoy aquí está envuelto por el misterio, y ello por dos motivos: el primero nace del desconocimiento que se tiene de este escritor, que debió ser persona muy apreciada en la época, a tenor de los datos que hemos manejado; y el segundo proviene del peculiar mosaico que forman los escasos, pero atrayentes, retazos de su biografía.

Sabemos que es hijo de Andújar porque así se afirma en una de sus obras: el Discurso apologético, en el cual se prueba que la población que antiguamente se llamaba Illiturgi o Forum Iulium, es hoy la ilustre ciudad de Andújar (manuscrito de 1639), aunque ignoremos su año de nacimiento. También conocemos algunos datos de su formación académica: hizo los estudios de Gramática con el presbítero licenciado Melchor Navarro; en 1582 seguía lecciones de Teología en el Colegio de San Antonio de Portaceli (Sigüenza), donde los estudiantes de la diócesis de Jaén disfrutaban de becas. Aunque Torres Laguna se refiere a él como religioso trinitario, perteneció a la Orden franciscana y debió residir en Andújar durante buena parte de su vida, ya que la mayoría de sus vicisitudes personales, así como su obra, tienen una relación directa con su ciudad natal. Llegó a ser Ciario Perpetuo y Comisario Apostólico de la Santa Cruzada en el Arciprestazgo de Andujar.

Pero Francisco del Villar no se limitó a ser un fraile más y a llevar una pacífica existencia en el convento de San Francisco, hoy desaparecido. Antes hemos citado una de sus obras, que no llegó a publicarse quizás por fallecer antes de poder darla a la luz. Sólo leyendo el título intuimos en el franciscano a un espíritu curioso y cultivado, ávido de conocimientos y de comunicarlos a los demás. Parece que Torres Laguna, en su obra Iliturgi, no llegó a consultar este manuscrito, pero cita al padre Villar porque este ya se había referido al origen de Andújar en una obra anterior. Nuestro biografiado defiende la teoría, ya abandonada, de que la antigua Iliturgi fue el germen de la actual Andújar y alaba la elección del lugar para la edificación de ambas ciudades. Todo esto lo podemos encontrar en la Relación de la fiesta que celebró el muy observante convento de San Francisco, de Andújar, al glorioso San Pedro Baptista y sus compañeros, primeros mártires del Iapón, editada en 1629, obra auspiciada por el propio autor y donde se recogen las distintas colaboraciones literarias que quisieron glosar este hecho del martirologio católico en un certamen poético, tan usual en la época, que se había celebrado dos años antes. En este caso fue galardonado con tres premios y demuestra su poder versificador con un soneto, décimas, glosa y romance.


Cuatro años después publica una obra de similares características: Relación del solemne recebimiento que en la Ciudad de Andújar se hizo a una Imagen de la Concepción de la Virgen Santíssima Nuestra Señora; aunque no se trate de reproducir en este caso ninguna contienda lírica. De 1635 tenemos la Fiesta a la conducción del agua y primeras fuentes de la Ciudad de Andújar. También en este último caso, el “alma mater” es el inquieto franciscano, que ya no participa como concursante pues formó parte del jurado de esta convocatoria acaecida en 1633.


Pero no sólo se dedicó nuestro fraile a glosar la actualidad de su ciudad: Caballero Venzalá se refiere a un manuscrito, conservado en la Biblioteca Nacional, donde defiende a Góngora, dentro de la polémica creada en la época acerca del estilo culterano: "Al padre maestro fray Joan Ortiz, ministro de la Santísima Trinidad en Murcia". El destacado tratadista Cascales respondió al padre Villar en una de sus Cartas filológicas (la número diez), alabando al primer Góngora pero criticando sus posteriores escritos, tan difíciles de entender.




El inquieto andujareño también mostró interés por la bóveda celeste, lo cual le acarreó algún que otro problema con la Inquisición. El profesor Coronas nos refiere cómo tuvo que demostrar ante el Santo Oficio que su interés por los astros era meramente científico y no adivinatorio.

Pero el hecho más misterioso de este fraile curioso y erudito, es su propia muerte. Volvemos a acudir a Torres Laguna que en su obra póstuma Andújar a través de sus actas capitulares (1600-1850), refiere un acuerdo del Cabildo, tomado el diez de junio de 1639: el Ayuntamiento de Andújar manda que se les dé captura a los asesinos de don Francisco del Villar, «clérigo, presbítero y vicario perpetuo de rentas de esta ciudad y arciprestazgo». El documento nos da los nombres de los matones (Juan de Arenas y Manuel de Mestanza), pero no explica sus motivos, añadiendo a la vida del padre Francisco nuevas incógnitas. Al primero de los asesinos -seguramente la mano ejecutora por tener el castigo más severo- se le condena a morir ahorcado y a que «después sea quitado de la dicha horca y hecho cuartos, que se pongan por los caminos que vienen de los cercados a la parte del arroyo Molinos y la cabeza y mano derecha se pongan en un palo alto y escarpia junto al barranco que está cerca del río Guadalquivir a la vista de la casa y cercado que dicen de las Colladas». A Manuel de Mestanza se le condenaba a seis años de galeras y al pago de las costas.

Restos del antiguo claustro de San Francisco

Ojalá que en un futuro próximo podamos saber más de este hombre del Barroco, figura desdibujada por el paso del tiempo, pero de una trayectoria vital tan interesante, que vivió con pasión, sobre todo lo relacionado con el cenobio franciscano, del cual tan pocos recuerdos nos han quedado, recuerdos como el de esta vieja fotografía donde aún se perciben las arcadas del claustro.



FUENTES:

ALBORG ESCARTI, Juan Luis; Historia de la literatura española. Tomo II. Madrid, Gredos, 1977.

CABALLERO VENZALÁ, Manuel; “Una fiesta a la Inmaculada Concepción en Andújar (S. XVII)”, Actas III asamblea de estudios marianos. Córdoba, El Almendro, 1987; pp. 132-136.

CANAVAGGIO, Jean; “Góngora et la comedia nueva. Un témoignage inédit de Francisco del Villar”, Melanges de la Casa de Velázquez. I, (1965), 245-254.

CASCALES, Cartas filológicas. Madrid, Espasa-Calpe, 1959. tomo I.

CORONAS TEJADA, Luis; La inquisición en Jaén. Jaén, Diputación provincial, 1991

TORRES LAGUNA, Carlos de; Andújar a través de sus actas capitulares (1600-1850) . Jaén, IEG, 1981.

VALLADARES REGUERO, Aurelio; “Dos justas poéticas celebradas en Andújar (1627 y 1633)”, BIEG, 164, (1997), 149-204.